Liniers es un apellido tan conocido que ha perdido esa condición. Incluso al personaje histórico que lo llevaba; un valiente virrey de origen francés que lideró la expulsión de los ingleses de nuestro país; le fue despojado por la denominación del barrio que, supuestamente, le hace honor. Liniers suena a línea, y esto es verdad, por que constituye una línea de límite entre la ciudad capital y los suburbios de la zona oeste. Podríamos decir que Liniers es un sitio de frontera; un enclave lleno de energía, con un fuerte olor a mercado y ciudad mezclados; con el colorido rutilante de un comercio barato, oportunista y “ofertero”. Liniers tiene el trajín desenfrenado de los oficinistas de paso, de policías, cobradores, jubilados, prostitutas, viajantes, mendigos y vendedores ambulantes; todos, conformando un enjambre que se desplaza automático entre puestos de baratijas y verdulerías improvisadas. Este barrio, que se formó en uno de los bordes de la gran ciudad, posee un famoso club de futbol y una famosa iglesia, cuyas multitudes de fanáticos se confunden en sus avenidas, al punto de convertir sus comportamientos en algo similar, guiados por la descontrolada inconciencia de la multitud. El ferrocarril y las autopistas entraman un paisaje de indiferencia citadina, cruzando sus frías presencias por arriba y por abajo. Las calles de Liniers tienen el descuido de la premura; la suciedad característica de los sitios de paso; el roce que desgasta lo que no se detiene. Pero el personaje de esta historia, Carlos, sí se detuvo en Liniers algunos años. Fue en su adolescencia, cuando se vio obligado a recurrir al último colegio que le ofrecía una vacante, después de una primera mala experiencia en su ciudad natal. De lunes a viernes, Carlos llegaba a Liniers en bus desde la provincia. Bajaba en el sitio donde la línea 326 terminaba su recorrido y caminaba siete cuadras hasta el Colegio Nacional “Coronel de Marina Tomas Espora”, más conocido como “El Nacional 13”. Esas siete cuadras representaban para Carlos un verdadero viaje de descubrimientos. Todos los días iba al encuentro de cosas nuevas, de caras nuevas; de pensamientos y sentimientos nuevos. Claro, el hecho de contar con quince años también le permitía “estrenar” ojos a cada instante. Fue en uno de esos derroteros al colegio que encontró la guitarra eléctrica. Cuando la vio se llenó de entusiasmo. Estaba exhibida como parte de la decoración en una tienda de ropa, colgada de un maniquí al que le habían calzado un blue jeans. Era una Fender roja con una estrella de plata en la parte ancha. El escaparate de la tienda era tan estrecho que solo cabían el muñeco y un rótulo de neón con la marca “Lee”. Normalmente se hubiera quedado mirando la ropa, pero ahora la Fender lo tenía hipnotizado. El local estaba ubicado en una pequeña galería que atravesaba interiormente una esquina en recorrido de L. Le agradaba pasar por ahí; sobre todo en invierno, para sentir un provisorio cobijo contra frío y la lluvia. Precisamente era invierno cuando descubrió la guitarra eléctrica. Al día siguiente ya habían abrigado al maniquí con un jersey negro. Con ese “background” oscuro la guitarra se destacaba aun más.
Carlos ya empezaba a soñar con la guitarra eléctrica: se veía desbordado de locura al pulsar sus cuerdas. En el sueño, el era el solista en un grupo de rock sinfónico que tocaba en una catedral gótica, pero los otros músicos no tocaban: aparecían ocultos en tristes melenas que se transformaban de repente en capuchas. En el tambor frontal de la batería, no estaba el nombre de la banda, sino una nube oscura, como un tétrico y confuso logotipo mal pintado. Tuvo dos o tres veces ese mismo sueño, del que siempre se despertaba alterado y confuso, sin entender que le estaban tratando de decir los símbolos.
Un día que estaba mirando la vitrina salió el vendedor – ¿Quieres ver algo? – Carlos casi le dice que sí, que la Fender; pero reaccionó y se alejó negando con la cabeza, con el gesto típico que se acostumbra hacer para cortar la insistencia de los vendedores de Liniers. Ellos son como arañas y las vitrinas su tela. Antes de que la atracción por lo que miras te lleve al límite en el que notas tu aliento empañando el vidrio, ya están a tu lado; acosándote, envolviéndote, succionando el contenido de tu billetera. Esa ambición que rezumaba todo el comercio de Liniers, sumado al aguante de una época oscura y reprimida, cargada de desconfianza e injusticias, generaba una energía que se arremolinaba en el ambiente; una sensación de presión que no tardó mucho en explotar y derramarse.
Todo sucedió de manera repentina. Fue un viernes de noviembre. Carlos salía del Nacional 13 con la alegría propia de quien recupera su libertad. Caminaba con otros dos “liberados”, Diego y Sergio, que vivían en las inmediaciones. Iban bromeando sobre Graciela, Hebe y Mónica, las tres chicas que a cada uno le gustaba. Al llegar a la esquina de la galería comercial, donde estaba la tienda de la guitarra, la rutina ya no estaba. En su lugar, un nutrido grupo de guardias de infantería de la Policía Federal, arremetía contra unos manifestantes que les arrojaban palos y piedras, mientra vociferaban insultos e increpaciones. Loa tres compañeros quedaron atónitos, sin poder reaccionar. Era un espectáculo que los llenaba de miedo y a la vez los fascinaba por lo insólito, por lo nuevo. No sospechaban el riesgo que entrañaba estar ahí, expuestos a la violencia, a la detención y a la posible tortura, si los llegaban a apresar. Cuando los caballos de la policía empezaron a tropezar con las bolitas de acero que les tiraban los manifestantes, el enojo y el arrebato se tornó temerario. Ahora los guardias se abrían en abanico y empezaban a perseguir a cualquiera que estuviera alrededor. Cuando Carlos entendió la situación, ni Diego ni Sergio continuaban a su lado. Parecía que él era el único que se había quedado ahí, sorprendido por la escena. Inmediatamente giro y empezó a correr de regreso al colegio. Era inútil: detrás venían más policías. Su única posibilidad era intentar atravesar el “entre-fuego” en medio de los dos bandos y buscar refugio en la galería. Lo hizo casi sin pensar, como empujado por un motor interno del que no sabía que disponía. De seguro, la adrenalina tuvo su estreno en aquel momento. Carlos alcanzó a entrar apenas bajo la cortina metálica que ya se cerraba del todo. Al barrerse por debajo de ella, chocó contra los pies de un grupo de gente agrupada allí adentro, mirando hacia la calle; con ese tipo de silencio que solo puede denotar miedo. Alguien le extendió una mano que el cogió automático, sin mirar quien lo hacía. Ya incorporado, se volvió y agradeció el gesto solidario de esa mano, que terminó siendo del “araña” de la tienda de ropa. Este apenas le sonrió y siguió mirando hacia la calle. Ahora no hablaba, no le ofrecía nada para llevarlo a su cueva. Su telaraña estaba desbaratada por el temor y el asombro de lo que ocurría. Allí afuera, arreciaba una violencia que a todos los dejaba estupefactos. Todos miraban a través de la cortina en silencio, hasta que una lata de gas lacrimógeno se reventó contra ellos y gritaron espantados. El humo pestilente penetró en la galería y la gente se dispersó. Carlos no tuvo miedo; sabía qué hacer. Se tiro al suelo, saco su pañuelo y se lo sujetó por detrás de la cabeza, tapándose la boca y la nariz. Inmediatamente, recogió unas hojas de periódico y con su encendedor les prendió fuego. Ahora el gas empezaba a disiparse a su alrededor consumido por las llamas del papel. El fuego deshacía la cara a un ministro, que lo miraba con seriedad desde la portada del diario que se quemaba. A pesar de todo, comenzó a sentir los estragos de ese humo blanco que le irritaba los ojos y la garganta haciéndolo llorar. – Esto se evita mojando el pañuelo – recordó, pero no tenía ninguna posibilidad de obtener agua. Se incorporó y se encontró de frente con la mirada terrible de dos policías que lo observaban del otro lado de la cortina metálica – Pero mirá que bien se las arregla este subversivito de mierda – le dijo uno al otro; y acto seguido empezaron a tratar de levantar la cortina, de romper ó deshacer ese límite entre la prepotencia y el terror que los separaba. – ¡Estás detenido; manos atrás y al piso! – le gritaron ; pero el terror hizo huir a Carlos. – ¡No corras mariquita! , le decían, pero Carlos corrió y corrió por el interior de la galería, que ahora entre el humo y la confusión, ya no se le hacía más un lugar conocido. El miedo y el humo eran lo mismo: se sentía asfixiado por dentro y por fuera. De pronto imaginó que iba por un laberinto, como Teseo. Un laberinto pero con paredes de niebla. Recordó a Teseo porque fue con quien más se identificó cuando el profesor de literatura les hizo elegir un personaje de la mitología griega. La diferencia era que el no había podido con el Minotauro, que en este caso eran dos, y encima disfrazados de guardias de infantería. Carlos había desentrañado el simbolismo del mito casi sin especular. Cuando el “Proferamírez” le preguntó donde había leído esa teoría, el no entendió; pensaba que era de lo más normal darse cuenta de ciertas cosas. Ramírez nunca le creyó que se le había ocurrido a el. Ahora escuchaba como la cortina cedía a los brazos fuertes de sus perseguidores y tuvo más miedo. El mito se esfumaba. En pocos segundos repasó con el pensamiento el contenido de lo que llevaba con el: libros, carpetas, bolsillos. ¿Que tenía en los bolsillos? Nada. Las monedas para el bus, nada más. No había indicio ni posibilidad, si lo apresaban, que supieran que pertenecía a la Unión de Estudiantes Secundarios. Pero eso no menguaba la angustia. Sabía perfectamente lo que le harían si lo atrapaban, se enteraran o no de sus actividades. El solo hecho de ser joven lo hacía culpable; culpable de pensar y sentir con fuerza, con ganas de vivir, de romper las ataduras y volar. – La única manera de salir del laberinto es viéndolo desde arriba – le había explicado Carlos al Proferamírez. – Pero a Ícaro no le fue muy bien – le respondió el viejo. Carlos lo sabía, pero eso para el representaba otra cosa. Cuando hablaba de ver el laberinto desde arriba, se refería a elevarse con la conciencia, “Poder ver desde fuera y por arriba de nuestra manera de pensar cotidiana”, había escrito – ¿Y usted de donde saca esas cosas raras?- le dijo el taimado Proferamírez. Ahora hubiera deseado poder elevarse, atravesar el techo de ese humeante laberinto y alejarse de esa aflicción que lo derrotaba. Corrió a toda velocidad hasta llegar a la esquina interior de la galería; desde allí alcanzó a divisar la salida en el otro extremo del corredor: la cortina estaba cerrada, no había escapatoria. Los policías venían detrás de el. Aprovechó el recodo y se arrojó debajo de la mesa de un quiosco. Se hizo chiquitito, como un ovillo, como esos bichos bola, pero sin que nadie lo hubiera tocado. Así atrincherado, con la cara aplastada contra el suelo, alcanzó sin embargo a ver las cuatro botas que pasaban corriendo. Como un flash, recordó un graffiti de la Juventud Guevarista pintado en un muro al costado de la vía del tren: “Ni votos ni botas, fusiles y pelotas”. Levantó un poco la cabeza y miró enfrente, hacia el local de la tienda donde estaba la Fender roja. Alguien le hacía señas desde la puerta, apenas entreabierta. Sabía quien era: – La araña salvando a la mosca – alcanzó a pensar. Si iba a cruzar el pasillo, lo tenía que hacer en ese momento u olvidarse. Cuando los policías volviesen, seguro lo pescaban. Se lanzó con todo su impulso hacia el local de enfrente, medio corriendo medio volando. Con el rabillo del ojo alcanzó a ver las espaldas de los policías, justo en el momento en que se detenían frente a la cortina y giraban. Carlos ya había llegado al nuevo escondite y la puerta se cerraba detrás de el. Le latía el corazón como nunca antes en su vida. Adentro todo estaba un poco oscuro. Adentro de el también. Sintió que a todos les latía el corazón como a el. Miró al “araña” que se ponía un dedo sobre los labios para indicarle que no hiciera ruido. Además del vendedor había otros estudiantes, una señora que sollozaba y el dependiente del kiosco donde se acababa de esconder. Conocía al muchacho. Cada tanto le compraba un chicle o unos dulces. Tenía la cara muy pálida y llorosa. Se preguntó que cara tendría él mismo en ese momento. Todos lo miraban raro, hasta que recordó que tenía el rostro tapado con el pañuelo. Se lo desanudó y saludó con una sonrisa al grupo. Lo siguieron mirando igual de raro. Supuso que era el miedo dibujado en los ojos, en los gestos paralizados de todos ellos lo que les hacía mirar así. El tiempo pasaba. Nadie decía ni hacía nada. Solo escuchaban atentos a los dos policías ahí afuera, como si se tratase de dos monstruos que se hacían cada vez más grandes con el correr de los minutos. De pronto una voz en el radio de uno de ellos dio una indicación – A la orden mi suboficial mayor – respondió desde el pasillo de la galería el uniformado, y se retiró diciéndole algo al otro, que se quedó obediente en el lugar. Lo que ocurrió a continuación sigue siendo una suerte de secuencias extraídas de un film surrealista, con toques de terror. La señora que sollozaba tosió de forma abrupta y estertórea. Sabían que el policía vendría por ellos. El “araña” se alzo de hombros, los chicos del colegio se perdieron en los vestidores, la señora se puso a rezar; entonces el muchacho del kiosco agarro un extinguidor como si fuera un garrote y se puso de pie con cara de loco, a unos pasos de la puerta. Carlos no supo que hacer. Estaba al lado de la entrada, dándole la espalda al maniquí con los Lee y la guitarra. Cuando el policía entro pateando la puerta, lanzó una carcajada al ver a su oponente blandiendo valeroso su arma matafuegos. Pero lo que estaba delante del muchacho no era un temible dragón, sino un siniestro policía; alguien a quien la instrucción antiterrorista le había “lobotomizado” la piedad. Carlos estaba a la derecha y atrás de ese zombi uniformado, que ahora le parecía de un tamaño enorme. De pronto el policía giró la cabeza y lo miró . Inmediatamente, como si se quitara una pelusa de la solapa, estrelló a Carlos contra la vitrina con un movimiento de su antebrazo. Carlos cayó, derrumbando el maniquí, el rótulo en neón de Lee y la guitarra roja. Por un momento pensó en hacerse el desmayado, pero sintió que hubiera sido una cobardía dejar al pobre quiosquero ahí solito, frente a semejante adversario. – Por otra parte – pensó – el policía esta solo y nosotros somos varios – Carlos tenía quince años; los necesarios para dejarse influenciar por las historias de héroes y guerreros intrépidos; pero la influencia de ese odioso y violento personaje que los amenazaba era mucho más fuerte. Era indudable que el miedo lo atenazaba: casi sin darse cuenta, Carlos estaba abrazado a la Fender, temblando. La miró y le sonrió como si fuera alguien. – Ahora sos mía – pensó – aunque sea de esta forma. El policía avanzaba sobre el otro muchacho, y este retrocedía cada vez más pequeño – No se acerque, no se acerque – le decía furioso y con una voz cada vez más aguda. El “araña” había salido corriendo. La señora ya no rezaba; ahora insultaba al policía. Los colegiales ocultos, seguían ocultos. Entonces, Carlos se levantó con la hermosa Fender en sus manos. Era como que la guitarra le transmitía un coraje inédito. De pronto y sin pensarlo mucho, desde la altura del tabique del escaparate, le descargó un tremendo golpe a la nuca del policía gritándole – ¡Muere Minotauro! -. La Fender roja se partió en dos pedazos, pero Carlos sintió que el cráneo del policía en más. El tipo cayó como una mole, como un verdadero “mitad hombre mitad toro” pero vestido azul. La conciencia de Carlos veía al cuerpo de Carlos actuar. – ¿Sería esa la sensación de estar desdoblado? – No lo sabía, pero sentía una fuerza increíble que lo vigorizaba; hasta la voz le salió con un poder casi autoritario, cuando les avisó a los chicos de los vestidores que el lugar estaba despejado. Después Carlos abrió triunfante la puerta del local para que todos escaparan. Al llegar a la salida posterior, apenas pudieron levantar un poco la cortina, el y sus acompañantes salieron disparados a la calle. Habían salido del laberinto. Ahora Carlos les gritaba a los chicos que no corrieran, que mejor era caminar despacio, para no levantar sospechas. Cada uno tomó una dirección distinta. El se fue tranquilo, lo más disimulado que pudo. Quedaban tres cuadras hasta la parada del bus 326. Llegó a la fila y esperó su turno. Luego subió, pagó el pasaje y se sentó atrás a la derecha, en los asientos que están antes de la puerta trasera, donde siempre le gustaba viajar. Se asomó por la ventanilla y sonrió victorioso. Una patrulla de la Policía Federal paso al lado del bus, pero el ahora era invisible. Pensaba en la guitarra eléctrica. Una Fender roja había cambiado su destino, y no había sido cantando un rock sobre un stage, rodeado de luces estroboscópicas y máquinas de humo. El bus arrancó y Carlos por fin dejó atrás Liniers; y un tiempo después el país; con su locura de calles, de gente, de miseria, de injusticias, de opresión; de lugar límite entre la vida y la muerte, y de laberintos de donde miles de jóvenes ya no saldrían. Teseo miro hacia atrás: el trirreme que lo transportaba, avanzaba raudo por el Egeo hacia el noroeste; mientras las brumas hacían desaparecer las edificaciones de Micenas, ese difícil país del que había podido escapar con el corazón herido.